LA TERCERA INTERNACIONAL


Capítulo 10

Los dilemas de Lenin: Terrorismo, guerra, imperio, amor

Por: Tariq Ali

DURANTE LA MAYOR PARTE de septiembre y octubre de 1917, dio la impresión de que Lenin veía el triunfo de la Revolución de Octubre principalmente como trampolín para nuevas revoluciones a lo largo y ancho de Europa. La guerra seguía haciendo estragos, y Lenin esperaba que provocará crisis revolucionarias en Alemania, Francia, Italia y en las posesiones del Imperio Austrohúngaro. A su juicio, ésa era la forma más eficaz de derrotar a la contrarrevolución. Para lograrlo, era necesario empezar a organizar una nueva Internacional que marcará una ruptura definitiva con el federalismo y con la cobardía política de la Segunda Internacional, y sus secciones socialchovinistas que habían capitulado ante sus respectivos gobiernos capitalistas y los habían defendido en la guerra.

A tal efecto, para formar parte de la nueva organización era imprescindible estar de acuerdo con los estatutos (y con las veintiuna condiciones que Lenin había instituido en 1920 para afiliarse al Komintern). Lenin estaba firmemente convencido del inminente estallido de distintas guerras civiles por toda Europa y de que por ello hacía falta una Internacional Comunista como estado mayor de la revolución mundial. Se mostraba particularmente despectivo con la Segunda Internacional por conceder prioridad a los «blancos» y no prestar atención al resto del mundo, incluidas las víctimas de los países imperialistas. La Internacional Comunista iba a luchar al lado de los camaradas asiáticos y africanos para derrotar el dominio de los imperios europeos.

La guerra había terminado, y su balance podía observarse en los cementerios, en los hospitales y en las clínicas psiquiátricas de toda Europa. Las cifras eran espantosas: treinta millones de muertos y heridos, hambrunas masivas, colosales deudas de guerra. Lenin denunciaba la creación de una Sociedad de Naciones por parte de las potencias vencedoras tachándola de «una sociedad de atracadores burgueses» creada para dar carta de naturaleza a los crímenes coloniales y de otro tipo.

Delegados del Congreso Fundacional de la Internacional Comunista (Komintern), Moscú, 1919. La invitación para asistir al congreso fundacional en 1919 fue redactada por Trotsky. Iba firmada por Lenin y por Trotsky en nombre del Partido Comunista de Rusia, junto con un puñado de organizaciones de los países vecinos y del Partido Socialista Laborista de Estados Unidos. La invitación decía así: Durante la guerra y la revolución quedó meridianamente claro que no sólo los viejos partidos socialistas y socialdemócratas, y con ellos la Segunda Internacional, estaban en la quiebra más absoluta [...] y eran incapaces de una acción revolucionaria positiva. [...] El gigantesco ritmo de la revolución mundial, que constantemente plantea nuevos problemas, el peligro de que esta revolución pueda quedar estrangulada por la alianza de los Estados capitalistas, que están haciendo causa común en contra de la revolución bajo el estandarte hipócrita de la «Sociedad de Naciones». [...] La época actual es la época de la desintegración y el colapso del conjunto del sistema capitalista mundial, que arrastrará consigo a toda la civilización europea a menos que se destruya el capitalismo con todas sus contradicciones irresolubles.

El I Congreso de la Internacional Comunista (Komintern) se reunió en Moscú entre el 2 y el 6 de marzo de 1919. Dado que la naciente República Soviética estaba prácticamente aislada del resto del mundo, sin delegaciones diplomáticas en ningún país y amenazada desde dentro por la guerra civil y las intervenciones de las potencias extranjeras, resultaba sumamente difícil llegar a la capital rusa. El recién formado Partido Comunista Alemán, muy mermado por el asesinato de sus dos principales dirigentes, Luxemburgo y Liebknecht, logró enviar a un delegado, pero éste manifestó la misma opinión que Rosa, en el sentido de que la formación de una nueva Internacional resultaba prematura. Si ella misma hubiera estado presente, es muy probable que hubiera argumentado enérgicamente a favor de posponerla hasta que existieran más partidos de masas. La opinión de Lenin, apoyada unánimemente, esta vez sí, por los dirigentes bolcheviques, mal trechos y magullados por las graves diferencias surgidas a raíz de la firma del Tratado de Brest-Litovsk con Alemania, era que hacía falta una nueva Internacional justamente para ayudar a construir esos partidos de masas.

Ya era un éxito de por sí que el evento tuviera lugar; en el transcurso del minúsculo congreso, al que acudieron tan sólo cincuenta y cinco delegados, éstos dejaron claras sus respectivas posturas a través de una serie de ponencias que explicaban la confrontación entre la democracia burguesa y la dictadura revolucionaria. El comunicado final, redactado por Trotsky en un momento «en que Europa está cubierta de escombros y de ruinas humeantes», se vio como una continuación del Manifiesto comunista, un llamamiento a generalizar las experiencias revolucionarias de la clase trabajadora y sus aliados, a fin de sentar las bases de una serie de revoluciones a escala mundial.

Era un ataque feroz contra los dirigentes de la guerra de toda Europa: «Los más infames incendiarios están muy ocupados buscando a los criminales responsables de la guerra», como siempre con el respaldo de un coro de ranas de «catedráticos, diputados, periodistas, socialpatriotas y otros proxenetas políticos de la burguesía». Hay cosas que nunca cambian. La Tercera Internacional recibió un impulso adicional temporal gracias a las efímeras revoluciones de Hungría y de Baviera, y, durante un momento fugaz, Lenin pensó que aquello podía presagiar el comienzo de una nueva ofensiva, después de la derrota de los comunistas en Berlín. Pero no pudo ser. La primera de ellas tuvo escasas repercusiones fuera de Budapest, y sus orígenes eran un tanto extraños. La burguesía le entregó literalmente el poder a una alianza conjunta aunque desigual de socialdemócratas y comunistas. El Partido Socialdemócrata tenía 700 000 afiliados, dado que a los trabajadores sindicados se les daba de alta automáticamente en el partido. Los comunistas eran prisioneros de guerra húngaros liberados por los bolcheviques. Su líder, Béla Kun, se había afiliado al Partido Socialdemócrata, y el Partido Comunista, recién creado, tenía 1000 afiliados. Lenin se mostraba a la vez desconfiado y dubitativo.

¿Cómo había podido ocurrir una cosa así? Kun le aseguraba que estaba al mando del Consejo de Gobierno, a pesar de que los socialistas contaban con un peso infinitamente mayor. Otro dirigente comunista, Tibor Szamuely, se oponía a cualquier fusión con los socialistas, dada la diferencia en el número de sus militantes. Argumentó en contra de Kun, señalando que estarían a merced de sus socios desde el principio, y que los socialdemócratas podían prescindir de ellos cuando no los necesitaran. Entre algunos intelectuales prevalecía la opinión de que los progresistas húngaros querían un gobierno radical a fin de asustar a las potencias de la Entente, y así evitar que desmembraran Hungría en Versalles. De ser así, el truco dio resultado. No obstante, el 4 de julio de 1918, Béla Kun argumentaba en un artículo para el Pravda que la huelga de Budapest no era un acontecimiento local. Formaba parte de «una serie de huelgas que abarcaban distintas industrias. [...] Se trata de un único movimiento de masas. [...] El trabajo ha cesado por doquier». Rebatía la idea de que se tratara simplemente de una huelga en contra del hambre, o a favor de una reforma electoral, y argumentaba que era contra el militarismo, y no había que subestimarla: Durante la guerra fue imposible transformar las organizaciones obreras conforme a las necesidades revolucionarias del proletariado; pero ahora los obreros siguen adelante con la lucha a pesar de los dirigentes de los sindicatos. [...] Durante quince largos años los órganos oficiales del Partido [Socialista] han estado amenazando a la burguesía: «Empezaremos a hablar ruso».

En el momento actual, el proletariado húngaro está hablando ruso, y de hecho está actuando como los rusos. Al cabo de seis meses, la Entente envió tropas rumanas y checas a Hungría, que derrocaron el Gobierno y crearon las condiciones para una dictadura, y a continuación fueron a unirse a los ejércitos de Denikin en la Guerra Civil Rusa. Kun no había expropiado las grandes haciendas para repartir la tierra entre los campesinos. Si el campo se hubiera puesto de su parte, el desenlace bien habría podido ser diferente. Resulta difícil comprender lo que ocurrió en Baviera sin un relato más detallado de la debacle que tuvo lugar en Berlín. En otoño de 1918 ya había quedado claro, incluso para los más necios miembros del alto mando alemán, que habían perdido la guerra. El general Ludendorff, un defensor implacable de los intereses a largo plazo de Alemania, no entraba en esa categoría, pero incluso él sabía que la partida se había terminado. Le recomendó encarecidamente al káiser un alto el fuego y la formación de un nuevo gobierno más «democrático» para complacer a Woodrow Wilson. Y eso también podía ayudar a Ludendorff a eludir las críticas contra el Ejército por el procedimiento de desviarlas hacia un tinglado civil al que poder echarle las culpas de la derrota. El káiser accedió, se cumplieron sus instrucciones, y el SPD amablemente ofreció a dos de sus dirigentes para que formaran parte del Gobierno y se mostró dispuesto a seguir adelante con la monarquía, siempre y cuando se recortaran los poderes de la Corona, como ocurría en Gran Bretaña, por ejemplo. Pero las potencias vencedoras habían convertido al káiser Guillermo en un ogro tal que se negaron a llegar a un acuerdo. El káiser tenía que desaparecer.

El Estado Mayor de la Armada Imperial se indignó y se ofreció a inmolar toda la flota, a cañonazo limpio, en defensa de su soberano. El 24 de octubre de 1918 (primer aniversario de la Revolución Rusa), enviaron a la flota a mar abierto para enfrentarse a la Armada británica. Los marineros alemanes, que no parecían muy convencidos de aquella misión suicida, decidieron amotinarse. Desde la principal base naval de Wilhelmshaven, su actitud se extendió por toda la costa de Alemania, y también se contagió a muchos soldados del Ejército de Tierra. Los intentos de sofocar la revuelta fracasaron. En Baviera, un soviet de soldados y obreros obligó al rey Luis III a abdicar. Múnich se convirtió en una Comuna. A principios de noviembre, la revolución alemana llegó a Berlín, donde grandes multitudes de soldados y trabajadores exigían la paz y el fin de la monarquía ondeando sus banderas rojas. El káiser abdicó. Daba la impresión de que se estaba gestando otro Petrogrado.

Lenin estaba convencido de que era posible una revolución en Alemania, y tanto él como Trotsky estaban de acuerdo en que, en caso necesario, debían sacrificarlo todo en Rusia para asegurar el éxito en Alemania. Una vez más, las condiciones objetivas eran favorables para una revolución, pero, a diferencia de Petrogrado, donde los mencheviques y los social-revolucionarios, asombrados y atónitos, se habían quedado de brazos cruzados a observar el desarrollo de los acontecimientos, sus equivalentes en Alemania estaban mejor preparados. Los dirigentes del SPD se oponían totalmente a cualquier levantamiento. Se habían enfadado mucho por el discurso sin concesiones que pronunció Karl Liebknecht en Berlín ante una multitud entregada nada más salir de la cárcel. Después de demostrar la guerra capitalista que había convertido «Europa en un cementerio», dio la bienvenida a la Revolución Rusa y se comprometió a poner fin a su aislamiento: No debemos pensar que nuestra tarea se ha terminado porque el pasado ha muerto. Ahora debemos esforzarnos al máximo para construir un gobierno de obreros y soldados y un nuevo Estado proletario, un Estado de paz, alegría y libertad para nuestros hermanos alemanes y nuestros hermanos de todo el mundo. Les tendemos la mano y les instamos a llevar a buen término la revolución mundial. ¡Que levanten la mano quienes deseen ver la República Socialista Alemana libre y la Revolución Alemana! Todos los asistentes levantaron la mano. El nuevo canciller, Friedrich Ebert, líder del SPD, estaba convencido de que la única forma de restablecer el orden era decapitar la Liga Espartaquista, dado que los obreros y los soldados seguían manifestándose, mientras que en los mítines Rosa Luxemburgo y otros dirigentes de la incipiente organización comunista alemana se sumaban a Liebknecht. Anteriormente, justo después de la instauración de la república, Ebert había llegado a un «acuerdo verbal» con el general Wilhelm Groener, el nuevo jefe del Ejército, por el que la principal tarea era evitar «la propagación del bolchevismo». Más tarde, Groener afirmó que la aniquilación de los bolcheviques locales se convirtió en una cuestión absolutamente crucial para el cuerpo de oficiales, y que «Ebert había tomado una decisión al respecto. [...] Formamos una alianza contra el bolchevismo. [...] No había ningún otro partido que tuviera suficiente influencia en las masas como para hacer posible el restablecimiento del poder del Gobierno con la ayuda del Ejército». En 1933, ese mismo alto mando del Ejército alió con un partido muy distinto para cumplir unos objetivos parecidos.

Ebert decidió aplastar a los comunistas, pero sabía que no iba a resultar fácil. Liebknecht era un símbolo de la valentía y un político muy popular, sobre todo porque se había opuesto a la guerra que habían defendido Ebert y su partido, y lo que es peor, el tiempo le había dado la razón. Había que exterminar a los cuadros del movimiento. La «Navidad sangrienta» de Ebert empezó muy pronto, con una ofensiva militar contra los activistas obreros de la ciudad a lo largo de todo el mes de diciembre, que comenzó cuando las unidades del Ejército atacaron una manifestación espartaquista y mataron a catorce personas. La redacción del periódico del partido fue atacada, y la tensión se adueñó de la ciudad. Berlín apareció empapelado con un cartel confeccionado por el Ejército: ¡Trabajadores! ¡Ciudadanos! ¡La perdición de la Patria es inminente! ¡Salvémosla! No está amenazada desde fuera, sino desde dentro: Por el Grupo Espartaquista. ¡Tenemos que matar a su líder! ¡Matad a Liebknecht! ¡Entonces tendréis paz, trabajo y pan! Firmado: los soldados del frente. El 29 de diciembre de 1918, Ebert autorizó el reparto masivo de un panfleto del SPD.

Era una declaración de guerra: Las actividades desvergonzadas de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo mancillan la revolución y ponen en peligro sus logros. Las masas no pueden permitirse el lujo de esperar ni un minuto más y quedarse de brazos cruzados viendo cómo esos salvajes y sus adláteres paralizan la actividad de las autoridades republicanas, incitan a la gente a sumirse más y más en una guerra civil, y estrangulan con sus sucias manos el derecho a la libertad de expresión. Con sus mentiras, sus calumnias y su violencia quieren echar abajo todo lo que se atreve a interponerse en su camino. Con una insolencia que no conoce límites actúan como si fueran los amos de Berlín. Dos días después, en una asamblea convocada especialmente al efecto, la Liga Espartaquista decidió que la insurrección armada era la única defensa posible contra el bloque Ebert-Groener. Rosa Luxemburgo estaba en contra de la aventura. Explicó pacientemente que eran un grupo muy pequeño, y que el SPD y el USPD contaban con el apoyo de la inmensa mayoría de los trabajadores de Alemania.

Los espartaquistas no tenían mayoría ni en los consejos obreros ni en ninguna parte, y lanzar una lucha por el poder en aquellas condiciones era antidemocrático y al mismo tiempo una absoluta locura. Perdió la votación, pero se negó a quedarse al margen. Sin una estrategia previa, medio millón de obreros inundaron las calles; al cabo de poco más de una semana, la sublevación había sido aplastada. Entonces, sus dirigentes cometieron otro error. En vez de abandonar Berlín inmediatamente, pasaron a la clandestinidad, pero la policía averiguó su paradero y los detuvo. Fueron entregados al Freikorps (la mayoría de cuyos miembros más tarde acabaron siendo nazis a ultranza) con la autorización de Ebert, y sus milicianos asesinaron a Karl y a Rosa e intentaron deshacerse de sus cuerpos. Muy pronto les siguieron otros. La guerra civil en Alemania prosiguió a lo largo de los meses siguientes a pesar de la celebración de elecciones a una asamblea constituyente, donde el SPD y el USPD, una escisión del mismo, consiguieron 14 millones de votos entre ambos. El KPD había boicoteado aquellas elecciones. Ello no puso fin a las insurrecciones armadas ni a las huelgas a lo largo y ancho del país. El Soviet de Baviera fue el que resistió durante más tiempo. Se había adelantado a Berlín al derrocar a su rey e instaurar una «república socialista» bajo la dirección del USPD, con Kurt Eisner como presidente.

Existían más de 5000 consejos, pero el SPD había ganado las elecciones de diciembre. El USPD consiguió el 2,5 por ciento de los votos. El 25 de febrero de 1919, mientras Eisner se dirigía a presentar su dimisión, fue asesinado por un monárquico ultraderechista. El suceso desencadenó una huelga general en Múnich y en Núremberg; los obreros y los soldados de ambas ciudades formaron milicias armadas para resistir a la contrarrevolución. Los tres partidos obreros -el SPD, el USPD y el KPD- se reunieron para debatir la crisis. Se presentó una propuesta para fundar la República Soviética de Baviera. Eugen Levine, el líder del KPD, se opuso a ella y argumentó enérgicamente en contra de cualquier tipo de toma del poder, poniendo como ejemplo lo ocurrido en Berlín. Y Levine tampoco estaba convencido de que el SPD hablara en serio; le preocupaba que sus dirigentes se retiraran a la primera de cambio con cualquier pretexto y dieran una puñalada por la espalda a los trabajadores, dado que ése era su método probado y ensayado. A pesar de la oposición de los comunistas, el 7 de abril los otros dos partidos declararon la República Soviética de Baviera. Se desmoronó muy pronto. Levine sabía de sobra que la situación era desesperada, pero no podía permitir que aplastaran el movimiento obrero. Se creó una nueva república soviética, bajo el control del KPD, que rápidamente organizó redes de producción y distribución, además de armar a los consejos y crear el embrión de un Ejército Rojo. Levine sabía que su ejército estaba abocado al fracaso, pero sentía que su deber era luchar codo con codo con las milicias obreras para intentar evitar una masacre total. El 1 de mayo, las unidades militares y los Freikorps de Gustav Noske, formadas por hombres armados, entraron en Múnich. Murieron mil trabajadores. Levine fue detenido, juzgado y ejecutado.

La contrarrevolución se apuntó un nuevo triunfo. Durante su juicio, Levine dijo lo siguiente: Los comunistas somos hombres muertos de permiso. De eso soy plenamente consciente. No sé si ustedes van a prorrogar mi permiso o si voy a correr la misma suerte que Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. En cualquier caso, aguardo su veredicto con compostura y serenidad interior. Pues sé que, sea cual sea su veredicto, es imposible detener los acontecimientos. [...] Pronuncien su veredicto si lo consideran oportuno. Yo sólo me he esforzado por desbaratar su intento de manchar mi actividad política, el nombre de la República Soviética al que me siento tan estrechamente vinculado, y el buen nombre de los obreros de Múnich. Ellos -y yo con ellos- y todos nosotros hemos intentado cumplir con nuestro deber para con la Internacional y la Revolución Comunista Mundial lo mejor que sabemos y conforme a los dictados de nuestra conciencia [97] .

La forma que asumió la Revolución Alemana fue la que había predicho Lenin en El Estado y la revolución. Fueron sobre todo las huelgas espontáneas masivas y las acciones de masas las que sentaron las bases de los consejos autónomos (soviets) de soldados y obreros, en los que la izquierda del USPD y del Partido Comunista intentaron concentrar todo el poder. Los consejos eran una modalidad de democracia extrema, aún más radical que los parlamentos anuales que habían exigido los cartistas ingleses durante el siglo anterior. Eran muy parecidos a la modalidad de democracia directa que se vivió durante el intervalo de ocho meses entre las Revoluciones de Febrero y Octubre en Rusia. Pero los comunistas y su aliados del USPD no tenían la suficiente fuerza política o numérica como para preparar un plan deliberado para tomar el poder ni para organizar y coordinar las fuerzas de una revolución.

A excepción de algunos comunistas (que eran una fuerza minúscula), no había nadie más. Los dirigentes del USPD eran los mismos perros con distintos collares. A pesar de la situación favorable que se le presentaba, el USPD no fue capaz de romper de un día para otro con los vicios intelectuales que había heredado tras las amargas experiencias vividas en el seno del SPD. Ni siquiera la propia Rosa Luxemburgo era inmune a aquel virus. A veces infravaloraba la capacidad de la clase dirigente de infligir una violencia generalizada a fin de defender sus instituciones y su lugar en la sociedad. En una fecha tan tardía como diciembre de 1918, cuando Ebert y el general Groener ponían en marcha el baño de sangre, Rosa no cambió de opinión. Tenía razón, por supuesto, en oponerse a la insurrección y fue valiente por luchar a favor de ella a pesar de todo, pero incluso si su partido hubiera sido mayoritario en los consejos obreros de Berlín y de la mayor parte de Alemania, cualquier intento de tomar el poder les habría llevado a una confrontación con una violenta maquinaria estatal. La guerra civil habría sido inevitable.

Lenin y Trotsky consideraban que la Tercera Internacional, en sus comienzos, era una escuela esencial para los debates sobre las tácticas y la estrategia revolucionarias. Indudablemente lo era, y durante los primeros cuatro congresos los debates fueron libres y animados, aunque ya entonces el peso de Moscú como depositaría de la única revolución lograda ofrecía algunos atisbos del futuro. Por ejemplo, en 1924, en el transcurso de un largo debate sobre la crisis económica, Trotsky predijo con asombrosa claridad el efecto que iba a tener en el mundo de los imperios, y se refirió específicamente a los británicos, cuyo carácter se ha ido modelando a lo largo de los siglos. Llevan la autoestima de clase metida en la sangre y en la médula, en los nervios y los huesos. Va a resultar mucho más difícil quitarles de encima esa autoconfianza como gobernantes del mundo.

Pero los estadounidenses se la quitarán de todas formas, cuando se pongan en serio manos a la obra. El burgués británico se consuela en vano pensando que será el guía de los inexpertos estadounidenses. Sí, habrá un periodo de transición. Pero el meollo de la cuestión no radica en los hábitos de liderazgo diplomático, sino en el poder real, en el capital y la industria existentes. Y Estados Unidos, si tenemos en cuenta su economía, desde la avena hasta los grandes acorazados de último modelo, ocupa el primer lugar. Produce todas las necesidades de la vida en un orden de magnitud que oscila entre la mitad y las dos terceras partes de lo que produce toda la humanidad.

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